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¿Qué hacer con un seminarista “chismoso”? El Papa responde

Papa Francisco en encuentro con Obispos, sacerdotes y religiosos en Génova. Foto: Captura de video / CTV.

GÉNOVA, 27 May. 17 / 02:32 pm (ACI).- Durante su encuentro con los Obispos, sacerdotes y religiosos de la región italiana de Liguria, este 27 de mayo, el Papa Francisco advirtió qué se debe hacer de encontrarse un seminarista “chismoso”.

“Yo aconsejo a los formadores: si ven a un seminarista bueno, inteligente, que se ve bien, que es bueno pero es un chismoso, expúlsenlo”, señaló.

El Santo Padre indicó que la fraternidad sacerdotal “se aprende en el seminario”.

De permanecer el seminarista en el seminario, “después este será una hipoteca para la fraternidad presbiterial”, advirtió.

“Si no se corrige, expúlsenlo. Desde el inicio”, dijo.

El Papa recordó que “existe un dicho, no sé cómo se dice en italiano: ‘cría cuervos y te van a comer los ojos’. Si en el seminario crías ‘cuervos’ que ‘chismean’, destruirán cualquier presbiterio, cualquier fraternidad en el presbiterio”, aseguró.

TEXTO COMPLETO: Homilía del Papa Francisco en la Misa en la Plaza Kennedy de Génova

Misa del Papa Francisco en la Gran Plaza Kennedy de Génova, Italia (2017) / Crédito: L'Osservatore Romano
Misa del Papa Francisco 
en la Gran Plaza Kennedy de Génova, Italia (2017)
Crédito: L'Osservatore Romano

GÉNOVA, 27 May. 17 / 12:45 pm (ACI).- El Papa Francisco presidió esta tarde la Misa en la Gran Plaza Kennedy de Génova, Italia, centrando su reflexión en el anuncio de la Buena Nueva y la oración de intercesión entre los miembros de la Iglesia.

“Como para los discípulos de los orígenes, nuestros lugares de anuncio son las calles del mundo: y sobre todo allí que el Señor espera ser conocido hoy. Como en los orígenes desea que el anuncio sea llevado con su fuerza: no con la fuerza del mundo, sino con la fuerza límpida y suave del testimonio alegre. Esto es urgente”, aseguró.

A continuación, el texto completo gracias a la traducción de Radio Vaticano:

Hemos escuchado aquello que Jesús Resucitado dice a los discípulos antes de su ascensión: “se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt.28,18). El poder de Jesús, la fuerza de Dios. Este tema atraviesa las lecturas de hoy: en la primera Jesús dice que no les corresponde a los discípulos conocer “tiempos o momentos que el Padre ha reservado a su poder”, pero les promete la “fuerza del Espíritu Santo” (Hechos 1,7-8); en la segunda san Pablo habla de la “extraordinaria grandeza de su potencia con nosotros” y “de la eficacia de su fuerza” (Ef.1,19). Pero ¿en qué cosa consiste esta fuerza, este poder de Dios?

Jesús afirma que es un poder “en el cielo y sobre la tierra”. Es sobre todo el poder de conectar el cielo con la tierra. Hoy celebramos este misterio, porque cuando Jesús ha subido al Padre nuestra carne humana ha atravesado el umbral del cielo: nuestra humanidad está ahí, en Dios, para siempre. Ahí está nuestra confianza, porque Dios no se separará más del hombre. Y nos consuela saber que en Dios, con Jesús, hay preparado para cada uno de nosotros un lugar: un destino de hijos resucitados nos espera y por esto vale la pena vivir aquí abajo buscando las cosas de allá arriba, donde se encuentra nuestro Señor (CFr.Col.3,1-2). Esto es lo que hizo Jesús, con su poder de unir la tierra con el cielo.

Pero este poder suyo no ha terminado una vez que subió al cielo, continúa también ahora y dura para siempre. De hecho, propiamente antes de subir al Padre Jesús ha dicho: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt.28,20). No es un modo de decir, una simple re aseguración, como cuando antes de partir para un largo viaje se dice a los amigos: “Los recordaré”. No, Jesús esta verdaderamente con nosotros y para nosotros: en el cielo muestra siempre al Padre su humanidad, nuestra humanidad, y así “está siempre vivo para interceder” (Heb.7,25) a nuestro favor. He aquí la palabra clave del poder de Jesús: intercesión. Jesús ante el Padre intercede cada día, cada momento por nosotros. En cada oración, en cada uno de nuestros pedidos de perdón, sobre todo en cada misa, Jesús interviene: muestra al Padre los signos de su vida ofrecida, sus llagas, e intercede, obteniendo misericordia para nosotros. El es nuestro “abogado” (Cfr.1Jn.2,1) y, cuando tenemos alguna “causa” importante hacemos bien a confiársela, a decirle: “Señor Jesús, intercede por mí, por nosotros, por aquella persona, por aquella situación”.

Esta capacidad de interceder Jesús la ha dado también nosotros, a su Iglesia, que tiene el poder y también el deber de interceder, de rezar por todos. Podemos preguntarnos: “¿Yo rezo?” nosotros como Iglesia, como cristianos ejercitamos este poder llevando a Dios las personas y las situaciones?”. El mundo tiene necesidad. Nosotros mismos tenemos necesidad. En nuestras jornadas corremos y trabajamos tanto, nos empeñamos en muchas cosas; pero corremos el riesgo de arribar a la tarde cansados y con el alma cargada, iguales a una nave cargada de mercadería que después de un viaje fatigoso entra en el puerto con el deseo solamente de atracar y apagar la luz. Viviendo siempre corriendo y tantas cosas por hacer, nos podemos perder cerrarnos en nosotros mismos y convertirnos en inquietos por algo sin sentido. Para no quedar sumergidos en este “malestar existencial”, recordemos cada día “tirar el ancla a Dios”: llevemos a él los pesos, las personas y las situaciones, confiémosle todo. Es esta la fuerza de la oración, que une el cielo con la tierra, que permite que Dios entre en nuestro tiempo.

La oración cristiana no es un modo para estar más en paz con sí mismos o encontrar alguna armonía interior; nosotros rezamos para llevar todo a Dios, para confiarle el mundo: la oración es intercesión. No es tranquilidad, es caridad. Es pedir, buscar, llamar (cfr. Mt 7,7). Es ponerse en juego para interceder, insistiendo asiduamente con Dios los unos por los otros (cfr. Hechos1,14). Interceder sin cansarse: es nuestra primera responsabilidad, porque la oración es la fuerza que hace ir adelante el mundo; es nuestra misión, una misión que al mismo tiempo cuesta fatiga y da paz. Este es nuestro poder: no prevalecer o gritar más fuerte, según la lógica de este mundo, pero ejercitar la fuerza humilde de la oración, con la cual se pueden también detener la guerras y obtener la paz. Como Jesús intercede siempre por nosotros ante el Padre, así nosotros sus discípulos, no nos cansemos jamás de rezar para acercar la tierra al cielo.

Después de la intercesión emerge, del Evangelio de hoy, una segunda palabra clave que revela el poder de Jesús: el anuncio. El señor envía a los suyos a anunciarlo con la sola fuerza del Espíritu Santo: “Vayan por todas partes y hagan discípulos míos en todos los pueblos” (Mt 28,19). Es un acto de extrema confianza en los suyos: Jesús confía en nosotros, ¡cree en nosotros más de cuanto nosotros creemos en nosotros mismos! Nos envía a pesar de nuestros límites; sabe que no somos perfectos y que, si esperamos convertirnos en mejores para evangelizar, no comenzaremos jamás.

Para Jesús es muy importante que pronto superemos una gran imperfección: la cerrazón. Porque el Evangelio no puede ser encerrado y sellado, porque el amor de Dios es dinámico y quiere alcanzar a todos. Para anunciar todavía es necesario andar, salir de sí mismo. Con el Señor no se puede estar quietos, acomodados en el propio mundo o en los recuerdos nostálgicos del pasado; con él está prohibido mantenerse calmo en las seguridades adquiridas. La seguridad para Jesús está en el andar con confianza: allí se revela su fuerza. Porque el señor no aprecia la comodidad, pero incomoda y relanza siempre. Nos quiere en salida, libres de la tentación de contentarse cuando estamos bien y tenemos todo bajo control. Vayan nos dice también hoy Jesús, que en el bautismo ha conferido a cada uno de nosotros el poder del anuncio. Por eso andar en el mundo con el Señor pertenece a la identidad del cristiano. No es solo para sacerdotes, monjas y consagrados.El cristiano no está detenido, sino en camino: con el Señor hacia los otros. Pero el cristiano no es un corredor que corre como loco o un conquistador que tiene que llegar antes que los otros. Es un peregrino, un misionero, un “maratonista esperanzado”. Suave, pero decidido en el caminar; confiado y al mismo tiempo activo; creativo pero siempre respetuoso; emprendedor y abierto; laborioso y solidario. ¡Con este estilo recorremos los caminos del mundo!

Como para los discípulos de los orígenes, nuestros lugares de anuncio son las calles del mundo: y sobre todo allí que el Señor espera ser conocido hoy. Como en los orígenes desea que el anuncio sea llevado con su fuerza: no con la fuerza del mundo, sino con la fuerza límpida y suave del testimonio alegre. Esto es urgente. Pidamos al Señor la gracia de no fosilizarse sobre cuestiones no centrales, sino de dedicarse plenamente a la urgencia de la misión. Dejemos a otros las murmuraciones y las fingidas discusiones de quien se escucha solo a sí mismo y trabajemos concretamente por el bien común y la paz; pongamos en juego con coraje, convencidos que hay más alegría en el dar que en el recibir (cfr. Hechos 20,35). El Señor resucitado y vivo, que siempre intercede por nosotros sea la fuerza de nuestro andar, el coraje de nuestro caminar.

Papa Francisco invita a jóvenes misioneros a no ver la realidad como si fueran turistas

El Papa Francisco conversa con los jóvenes. Foto: L'Osservatore Romano.

GÉNOVA, 27 May. 17 / 07:22 am (ACI).- El Papa Francisco, durante su viaje apostólico a Génova, se encontró con jóvenes misioneros y les animó a ir a la misión con un corazón abierto y listo para amar, y no ver la realidad como la ven los turistas: por medio de fotografías.

En el encuentro, en el Santuario de Nuestra Señora de la Guardia, el Santo Padre habló sobre las transformaciones que se producen en el interior del que acude a las misiones. “El ser misionero te lleva a aprender a mirar. A aprender a mirar con ojos nuevos, porque con la misión los ojos se renuevan. Aprender a mira la ciudad, nuestra vida, la familia, todo lo que está a nuestro alrededor. La experiencia misionera te abre los ojos y el corazón”.

El Papa dijo a los jóvenes que cuando decidan ir de misiones, no lo hagan como turistas. Ser verdaderos misioneros ayuda a dejar de ser “turistas de la vida para convertirnos en hombres y mujeres jóvenes que aman con compromiso la vida”.

El Santo Padre insistió en ese concepto de “turistas de la vida” contrapuesto al misionero. “Habéis visto a estos que hacen fotos de todo cuando van de turismo, y no miran nada. Luego miran las fotografías en casa. Pero una cosa es mirar la realidad y otra mirar las fotografías, y si nuestra vida es de turista solo miraremos las fotografías o las cosas que pensamos que es la realidad”.

“Es una tentación para los jóvenes el ser turistas, el mirar la vida con ojos de turista, superficialmente. No toco la realidad, no miro las cosas que suceden, no miro las cosas como son. Abandonad esa actitud de turistas para volveros jóvenes con compromisos serios con la vida. Las misiones os ayudan a permanecer más atentos, más sensibles, y a mirar con atención”.

La misión, “al enseñarte a mirar con ojos nuevos, te acerca al corazón de muchas personas, y destruye la hipocresía. Encontrar a gente adulta hipócrita es algo feo, pero encontrar a un joven que comienza la vida con una actitud de hipocresía, esto es suicida”.

Por otro lado, el Pontífice también invitó a reflexionar sobre los motivos de la misión: “Cuando voy a las misiones no se trata solo de mi decisión, hay otro que me envía a la misión, y no se puede ser misionero sin ser enviado de Jesús”.

“Es el mismo Jesús el que trabaja en tu corazón, el que cambia tu mirada y te hace mirar con ojos nuevos y no con ojos de turista. Debemos vivir en misión, lo cual implica escuchar a aquel que me envía, que es Jesús”.

La misión también ayuda a profundizar en la fraternidad entre los hombres, “a mirarnos a los ojos y entender que somos hermanos. Que no hay una Iglesia y una ciudad de buenos y una Iglesia y una ciudad de malos”.

Francisco explicó que un elemento esencial de la misión es el amor al prójimo. “No podemos hacer nada sin amor. Un gesto de amor, una mirada de amor. Puedes hacer toda clase de planificaciones para ayudar, pero sin amor…”.

“El amor es dar la vida. No hay ningún amor más grande que el de aquel que da la vida. Jesús dio ejemplo de esto dando su vida. Si no tienes el corazón dispuesto a amar, no podrás hacer una buena misión”. En ese caso, “la misión pasará como una aventura, un viaje de turismo”. Para evitarlo, hay que “prepararse e ir con un corazón listo para amar”.

Ahora bien, ¿qué significa amar? Para el Papa Francisco “amar es la capacidad de estrechar una mano sucia, de mirar a los ojos de aquellos que están en situación de degrado, y decirles: ‘Para mí tú eres Jesús’. Y este es el inicio de toda misión”.

Siendo misioneros, se puede contribuir a luchar contra la “cultura del vacío”. “Venimos de una cultura del vacío, de la soledad. La gente, por dentro, está sola”. Esa cultura del vacío “es la propuesta del mundo y no es compatible con la alegría. Si hay algo que destruye nuestras ciudades es ese aislamiento”.

“Ir a la misión es ayudar a salir del aislamiento y hacer comunidad, fraternidad, pero sin adjetivar. Si Dios ama a todos, yo también tengo que estar dispuesto a amar a todos”, subrayó.

“Hay muchos hermanos nuestros con la mirada y el rostro desfigurado por una sociedad que solo se defiende con la exclusión, aislando a la gente, ignorando. Si queremos ser misioneros y llevar el evangelio y esa alegría, nunca ignoréis, aisléis o excluyáis a nadie”.

Francisco comparó el corazón de un misionero, de un discípulo, con el corazón de un marinero. Ambos tienen las mismas características: “horizonte y coraje”. “Si no tienes horizonte y solo puedes mirar hasta donde llega tu nariz, nunca serás un buen misionero, y si no tienes coraje, nunca serás un buen misionero”.

Por último, hizo hincapié en que, para poder realizar la misión, hay que tener “una vida espiritual sana, la cual genera jóvenes valientes que, ante algunas cosas que te propone esta ‘cultura normal’ del vacío, son capaces de preguntarse: ‘¿esto es normal o no es normal?’”.

“Los jóvenes son las primeras víctimas de esos vendedores de humo que les meten tantas cosas en la cabeza. Y ante eso hay que preguntarse: ‘¿Esto es normal o no es normal?’. Hay que tener el coraje de buscar la verdad”.

Por ejemplo: “¿Es normal que el Mediterráneo se haya convertido en un cementerio? ¿Es normal que tantos países cierren sus puertas a estas personas que huyen del hambre de la guerra, y vienen a buscar un poco de seguridad? Haceros esa pregunta. Si no es normal, debo implicarme para que eso no suceda. Y hacer eso requiere valentía, coraje”, finalizó.

Un buen sacerdote se deja “agotar” por la gente y no reza como un “papagayo”, dice el Papa

El Santo Padre a su llegada a la Catedral de San Lorenzo. Foto: ACI Prensa

GÉNOVA, 27 May. 17 / 05:35 am (ACI).- En la segunda etapa de su viaje apostólico a la Archidiócesis de Génova, Italia, el Papa Francisco recomendó a los sacerdotes establecer una buena relación de cercanía con los necesitados y con el Padre, mediante la salida a los caminos y el recogimiento en la oración, y animó a dejarse “agotar” por la gente y a no rezar como “papagayos”.

El Santo Padre se encontró con los Obispos de Liguria, el clero, seminaristas, religiosos, religiosas, colaboradores laicos de la Curia y representantes de otras confesiones en la catedral de San Lorenzo.



Allí, el Pontífice invitó a los sacerdotes y consagrados a imitar el estilo de Jesús en su ministerio, porque “cuanto más imitemos el estilo de Jesús, mejor haremos nuestro trabajo de pastores. Este es el criterio fundamental del estilo de Jesús”.

“¿Cómo era el estilo de Jesús como pastor?”, se preguntó. “Jesús siempre estaba en camino. En los Evangelios siempre se nos muestra a Jesús en camino, en medio de la gente, de las multitudes”.

“Si pudiéramos imaginar cómo era el horario de la jornada de Jesús, leyendo los Evangelio, podríamos decir que la mayor parte del tiempo lo pasaba en la calle. Esto significa cercanía a la gente, cercanía a los problemas: no se escondía”.

Pero Jesús también rezaba, alimentaba la relación con el Padre: “Luego, por la tarde, muchas veces se guardaba para rezar, para estar con el Padre. Estas dos cosas, este modo de ver a Jesús en la calle y rezando, nos ayuda mucho en nuestra vida cotidiana”.



Esa imagen de Jesús en constante movimiento sirvió al Papa para explicar cómo debe ejercer el sacerdote su ministerio: “No debemos tener miedo al movimiento, a la dispersión de nuestro tiempo”.

Por el contrario, “el miedo más grande en el cual debemos pensar, el que debemos imaginar, es el de una vida estática: el miedo a una vida de sacerdote que lo tiene todo bien resuelto, bien en orden, estructurado, todo en su lugar, en hora. Yo tengo miedo de esos sacerdotes estáticos, que incluso permanecen estáticos en la oración, ‘yo rezo de tal hora a tal hora’”.

Francisco advirtió que “una vida así, tan estructurada, no es una vida cristiana. Quizás ese párroco sea un buen empresario, pero yo me pregunto: ¿Es cristiano? ¿O vive por lo menos como un cristiano? Sí, celebra la Misa, pero el estilo, ¿es un estilo cristiano?”.

“Jesús siempre fue un hombre de calle, un hombre de camino, un hombre abierto a las sorpresas de Dios. En cambio, el sacerdote que lo tiene todo planificado, todo estructurado, que permanece generalmente cerrado a las sorpresas de Dios y que se pierde esa alegría de la sorpresa del encuentro”, no sigue el ejemplo del Señor.

El Papa destacó que “la mayor parte de las personas con las que se encuentra Jesús en el Evangelio eran necesitados, enfermos, endemoniados, pecadores, gente marginada, leprosos. Luego estaba el encuentro con el Padre y el encuentro con sus hermanos. Todo se debe vivir en esa clave del encuentro. Tú, sacerdote, ¿te encuentras con Dios, con el Padre, con Jesús en la Eucaristía, con los fieles?”.

Otro ejemplo de cómo imitar a Cristo es la oración. Un sacerdote puede orar bien, u orar como un “papagayo”, indicó el Obispo de Roma. “Tú puedes estar una hora delante del Sagrario, pero rezando sin encontrar al Señor, rezando como un papagayo. ¡Pero pierdes el tiempo!”.

“Si tú rezas, déjate mirar por el Señor, dile una palabra al Señor, pídele algo, escucha lo que dice. Y con la gente lo mismo. Nosotros, sacerdotes, sabemos cuánto sufre la gente cuando viene a pedirnos un consejo o algo”.

El Papa aconsejó a los sacerdotes que se desprendan de sus egos, que sean humildes, porque “uno de los signos que indican que no se va bien por el camino es cuando el sacerdote habla demasiado de sí mismo, de las cosas que hace, de lo que le gusta hacer…, es un signo de que no es un hombre de encuentro, como mucho es un hombre del ‘espejo’, le gusta mirarse, verse reflejado”.



Y animó: “Vosotros, sacerdotes, debéis examinaros y preguntaros: ¿soy un hombre de encuentro? ¿Soy un hombre de sagrario? ¿Soy un hombre de calle? ¿Soy un hombre de ‘oreja’ que sabe escuchar?”.

En este sentido, exhortó a dejarse “agotar” por la gente: “¿me dejo ‘agotar’ por la gente? Eso era Jesús. Jesús tenía una clara conciencia de que su vida era para los demás: para el Padre y para la gente, no para sí mismo. Se daba, se entregaba: se daba a la gente, se entregaba al Padre en la oración”.

El Papa también habló de fraternidad entre sacerdotes. “Es tan difícil la fraternidad entre nosotros… Es un trabajo de todos los días, la fraternidad presbiteral”.

“Acogerse, rezar juntos…, y luego una buena comida en común, hacer una fiesta juntos. Los sacerdotes jóvenes: un partido de fútbol juntos. ¡Eso hace bien! Hermanos, la fraternidad es muy humana. Debemos recuperar el sentido de la fraternidad”.

“Cuando no hay fraternidad sacerdotal, hay traición. Se traiciona al hermano. Se vende al hermano. El mayor enemigo de la fraternidad sacerdotal es la murmuración por envidia, por celos o porque no me cae bien, o porque piensa de otra manera, o quizás porque se ve más importante la ideología que la fraternidad”.

Papa Francisco: Quien no conoce el valor del trabajo, no comprende la eucaristía

El Papa Francisco se habla a los trabajadores. Foto: Caputa Youtube

GÉNOVA, 27 May. 17 / 04:16 am (ACI).- El Papa Francisco comenzó su viaje pastoral a la Archidiócesis de Génova, Italia, afirmando, ante trabajadores de la planta siderúrgica Ilva, que “un mundo que no conoce el valor del trabajo, tampoco comprende la eucaristía”.

El Santo Padre respondió a las preguntas y preocupaciones de un trabajador, un desempleado, un empresario y un sindicalista de la planta y reflexionó sobre la dignidad del trabajo.

Empresarios, no especuladores.

En sus respuestas, el Papa recordó que “el empresario es una figura fundamental de toda buena economía. No hay una buena economía sin buenos empresarios. No hay buena economía sin vuestra capacidad de crear, de crear empleo, de crear productos”.

Además, afirmó que “el verdadero empresario conoce a sus trabajadores, porque trabaja junto a ellos, trabaja con ellos. No olvidemos que el empresario debe ser, ante todo, un trabajador. Si él no tiene esta experiencia de la dignidad del trabajo, no será un buen empresario”.

En este sentido, estableció la diferencia entre el buen empresario y el especulador, empezando por su relación con los trabajadores. “A ningún buen empresario le gusta despedir a su gente, y si tiene que hacerlo, siempre es una decisión dolorosa que, si pudiera, no haría. Quien piense resolver los problemas de su empresa despidiendo a gente, no es un buen empresario: es un comerciante. Hoy vende a su gente, mañana venderá su propia dignidad”.

El especulador “es una figura parecida a aquella que Jesús, en el Evangelio, llama ‘mercenario’, para contraponerlo al Buen Pastor”, afirmó el Papa. “El especulador no ama a su empresa, no ama a los trabajadores, sino que ve la empresa y a los trabajadores solo como medios para tener beneficios”. “Despedir, cerrar la empresa no le crea ningún problema”.

“Cuando la economía está formada por buenos empresarios, es amiga de la gente, y de los pobres. Cuando pasa a manos de los especuladores, todo se arruina. Con los especuladores la economía pierde su rostro. Es una economía sin rostro. Una economía abstracta”. “Hay que temer a los especuladores, no a los empresarios”.

La dignidad del trabajo.

Por otro lado, aseguró que “los lugares del trabajo y de los trabajadores son también lugares del pueblo de Dios. El dialogo en los lugares de trabajo no es menos importantes que el diálogo que hacemos en las parroquias o en los solemnes centros de convenciones, porque los lugares de la Iglesia son los lugares de la vida, y por lo tanto también las plazas y las fábricas son lugares de la Iglesia”.

“Trabajando nos volvemos más personas. Nuestra humanidad florece, los jóvenes se vuelven adultos trabajando. Sobre la tierra hay pocas alegrías más grandes que aquellas que se experimentan trabajando, al igual que se experimentan pocos dolores más grandes que aquellos dolores del trabajo cuando el trabajo explota, aplasta, humilla y mata. El trabajo puede hacer mucho mal porque puede hacer mucho bien”.

El Santo Padre insistió en la dignidad que el trabajo otorga al hombre. “Los hombres y las mujeres se nutren del trabajo como el trabajo es fuente de dignidad. Por esta razón, en torno al trabajo se edifica todo el pacto social. Porque cuando no se trabaja, se trabaja mal, se trabaja poco o se trabaja demasiado, es la democracia la que entra en crisis”.

Es de esta forma en que se deben ver, explicó, los retos que plantean las transformaciones sociales y laborales auspiciadas por el desarrollo tecnológico. “Es necesario mirar sin miedo, pero con responsabilidad, a las transformaciones tecnológicas de la economía y de la vida, y no resignarse a la ideología que imagina un mundo donde solo la mitad o, quizás, dos tercios de los trabajadores trabajarán, y el resto estará mantenido por una asignación social”.

“Hay que tener claro que el objetivo verdadero no es la prestación económica para todos, sino el trabajo para todos. Porque sin trabajo para todos, no habrá dignidad para todos”. “El trabajo de hoy y de mañana será diferente, pero deberá ser trabajo, no jubilación”.

Los valores del trabajo.

Francisco advirtió contra los “nuevos valores de las grandes empresas y de las grandes finanzas que no son valores en línea con la dimensión humana y, por lo tanto, con el humanismo cristiano”.

Como ejemplo de estos “nuevos valores” perjudiciales, habló de la cultura de la competición entre trabajadores en el interior de la empresa: “un error antropológico y humano, y también un error económico, porque olvida que la empresa, primero de todo, es cooperación, mutua asistencia, reciprocidad”.

Otro valor que, en realidad es “un desvalor”, continuó el Santo Padre, es la meritocracia. “La meritocracia fascina mucho, porque emplea una palabra bella, el mérito, pero como la instrumentaliza y la emplea en sentido ideológica, la desnaturaliza y la pervierte”.

“La meritocracia se está convirtiendo en una legitimación ética de la desigualdad”, advirtió. “El nuevo capitalismo, por medio de la meritocracia, da un vestido moral a la desigualdad porque interpreta los talentos de las personas no como un don, sino como un mérito, determinando un sistema de ventajas y desventajas acumulativas”.

La importancia de los días libres.

En respuesta a las preguntas de la trabajadora desempleada, el Obispo de Roma señaló que, quien no es capaz de encontrar trabajo “siente que pierde la dignidad hasta aceptar malos empleos. No todos los trabajos son buenos. Hay muchos trabajos malos y sin dignidad”, aseguró.

También valoró la importancia del tiempo libre, de los días libres, en el trabajo, porque “sin días libres, el trabajo se convierte en esclavitud. Y para tener días libres, necesitamos tener trabajo. En las familias donde hay desempleados, no hay verdaderamente domingo, y las fiestas se convierten en días de tristeza porque falta el trabajo del lunes. Para celebrar los días de fiesta es necesario poder celebrar el trabajo”.

Por último, invitó a hacer oración “antes, durante y después del trabajo”, e invitó a recitar aquellas oraciones de nuestros padres y abuelos, que, muchas veces, “eran oraciones del trabajo”.

“El trabajo también es amigo de la oración. El trabajo está presente también en la eucaristía, cuyos dones son fruto de la tierra y del trabajo del hombre. Un mundo que no conoce los valores del trabajo, tampoco comprende la eucaristía. El campo, el mar, las fábricas, han sido siempre altares de los cuales se han alzado oraciones bellas que Dios ha escuchado y acogido”, concluyó.

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